

Lo que vimos en la pantalla no es un chiste ni una «exageración» del periodismo: es el presidente de la Nación pidiendo literalmente quemar periodistas en una hoguera es violencia explícita desde el poder.
Al recurrir a metáforas inquisitoriales («los hijos de puta que se tienen que quemar»), un mandatario no está debatiendo; está cruzando un límite peligroso que busca amedrentar a cualquier voz crítica.
Cada investigación periodística que incomoda al poder es tratada automáticamente como una conspiración que amerita un castigo ejemplar, en lugar de aceptar que el rol de la prensa es controlar, no aplaudir.
Atacar sistemáticamente al mensajero no borra la realidad de la gestión. La polarización extrema es la única herramienta que les queda para tapar el ajuste y desviar la atención.
Un presidente que incita al odio público contra los trabajadores de prensa no está defendiendo la libertad: está instalando un clima de hostilidad fascista.
¿Hasta dónde vamos a tolerar que la agresión sea la política de Estado? 👇